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Críticas de Películas

Crítica de «El juicio», Ulises de la Orden y un necesario documental de montaje sobre el Juicio a las Juntas Militares – Secondmgn

viernes 07 de abril de 2023

Está claro que las razones no son solo cinematográficas, ya que acá la referencia al “Nuremberg argentino” tiene particulares resonancias. La posibilidad de juzgar los crímenes cometidos desde el Estado, las atrocidades cometidas por quienes detentaron el poder del ejercicio de la fuerza que en principio se considera “legal” no sólo es (desgraciadamente) una anomalía en la historia del mundo, sino que esa excepción es única si ese juzgamiento tiene lugar por parte de las instituciones propias del sistema. Es que el proceso llevado a cabo contra las juntas militares de la última dictadura argentina no fue llevado a cabo por jueces, ni comisiones especiales sino por jueces de carrera. Si la democracia es un sistema delicado que implica el respeto de ciertas formalidades, el ejemplo dado por nuestro país no es menor: se puede hacer respetando las reglas del propio sistema, sin excepciones ni atajos.

En ese sentido, El juicio, más allá de los potentes testimonios que nos siguen emocionando, atravesando, quebrando, pone atención en los particulares ritos de la justicia argentina. En este caso la hitchcockiana máxima del “hombre común enfrentado a circunstancias excepcionales” se agiganta y multiplica: no es sólo un hombre o grupo de ellos sino todo un sistema. La formalidades, las discusiones, las coreografías responden a una atávica costumbre, arcaísmos que resultan extranjeros e impertinentes frente a la entidad de lo que se estaba juzgando. Sin embargo es eso lo que despierta otra veta de interés. No solo vemos y oímos como casi nunca esas 90 jornadas de juicio oral y público, sino que somos testigos de cómo aun en las rendijas que permite un sistema muchas veces injusto puede lograrse ciertamente mucho. 

Llama la atención el detalle en el registro en relación con los pequeños gestos, las rencillas irrelevantes, los momentos con la sala medio vacía, llenándose o vaciándose. Esa impostada danza que todos parecen cumplir a regañadientes, quizás porque saben que esos ingredientes conforman la garantía que impedirá (o no) que el juicio luego sea anulado. Planos más cercanos, miradas al público o a los lugares de fiscalía y defensa (la discusión sobre el lugar que ocupa esta última en el estrado es ciertamente un hallazgo) dan carnadura y cercanía a esos procedimientos que nos resultan tan ajenos como (en una primera mirada) arbitrarios o antojadizos.

Ulises de la Orden elige, recorta y edita (partió de 530 horas de grabación para culminar con estas casi 3 horas de película). Este es un trabajo monumental. Decide no seguir cronológicamente el orden del proceso. Esa decisión aporta tensión cinematográfica a la deriva narrativa que construye a través de los capítulos que conforman la película. Alimenta además la leyenda construída en torno a este ya mítico proceso. Esa que nos permite deconstruir los alcances de cuestiones técnicas que por ahí se nos escapan. Pero al lado de la leyenda está la realidad, la lupa puesta en ciertos detalles, esos que nos indignan o nos llenan de orgullo y esperanza. Memoria, verdad, justicia. El acento puesto en el Nunca más, ese en el que allá por 1985 parecíamos ponernos de acuerdo, da en el clavo (más allá de los aniversarios redondos) de la necesidad de volver sobre estos temas.

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