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Críticas de Películas

Crítica de «Cuentos de la tierra», la cosmovisión de la cultura y la tradición mapuche en todo su esplendor – Secondmgn

Historias sobre el mundo mapuche se han contado en muchas ocasiones y de diferente manera. Ya fueran ficciones o documentales, con personajes centrales o de rol secundario pero muy significativo para el relato. Sin duda hay un film de docuficción que marcó un poco esta línea de intentar entrar en la cosmovisión mapuche, de la gente de la tierra. Esa película fue –es- Gerónima (1986) de Raúl Tosso, protagonizada por la actriz y cantora mapuche rionegrina nacida en General Roca, Luisa Calcumil como Gerónima Sande. Ella misma también integró el elenco de La nave de los locos (1995) de Ricardo Wullicher, como la chamana Zunilda Choiquepán. Otros films con personajes claves de origen mapuche son El largo viaje de Nahuel Pan (1995) de Jorge Zuhair Jury, con José Cantero como Nahuel Pan, El camino (2000) de Javier Olivera, donde el cantor Rubén Patagonia es Casimiro, Mala Junta (2016) film chileno multipremiado dirigido por la de realizadora debutante de origen mapuche Claudia Huaquimilla. Siendo la última ficción más reciente, Soy Aimé (2020) de la cutralquense Aymará Rovera, con Charo Bogarín en el rol de la recordada cantora y militante Aimé Painé. Y dentro del género documental se destacan Tierra adentro (2011) y Amanecer en mi tierra (2019) ambas de Ulises de la Orden, El retorno de don Luis (2016) de Sebastian Deus, Escuela Trashumante (2016) de Ingrid Eunice y Fabián González, 4 Lonkos (2019) de Sebastián Díaz y el chileno Frontera (2020) de Paola Castillo.

La llegada de estos Cuentos de la Tierra (2023) de Pablo Leónidas Nisenson, viene por un lado a cerrar un círculo que de alguna manera abrió Gerónima, y a su vez recomienza otro. En tiempos en que increíblemente se estigmatiza a los originarios mapuches, en épocas que aflora el lado negativo de otros seres humanos (dirigentes, instituciones), en donde prevalece el prejuicio, el odio, la mentira y la persecución –en diferentes estilos y escalas- la irrupción de esta obra, de estos cuentos, arriba de manera precisa –de precisar, de hacer falta- para poner varias cuestiones en claro, y para aclarar mentes y razones. Esta es una película dirigida por un realizador blanco, no originario, pero en quien la cosmogonía mapuche –en este caso- lo ha tocado e influido totalmente.

Una obra hecha desde la humanidad, desde el amor, desde la necesidad de saludarse con un contacto con las manos (como sucede en un momento del film entre una abuela y su nieta), el abrazarse en un diálogo fecundo, sano, honesto. Y allí está siempre presente la naturaleza, el hábitat, los animales que la habitan, que recorren a una tierra que está tan, pero tan maltratada. Y por la cual los originarios luchan para salvarla, para cuidarla. No para poseerla, ni robarla. No se puede robar algo que ya es de uno. Aunque se la quieran despojar.

Hay una sensación constante, a lo largo del film, una vibración que nos remite a la voz, al sentimiento y al pensar de la gran cantora mapuche Aimé Painé, quien alguna vez dijo «Es mi objetivo rescatar una de las expresiones de la vida del pueblo indígena como es el canto que sobrevive en el secreto de comunicarnos con la naturaleza». Y estas cosas están presentes en todo el metraje, a lo largo de los cinco cuentos que nos relatan diferentes vivencias y personas. La música y la naturaleza. Dos materias siempre presentes en la cosmogonía mapuche. En su estirpe. Y al decir de Luisa Calcumil, «Los mapuches somos gente de linaje. Llevamos con orgullo los apellidos de nuestros antepasados, inspirados en la naturaleza».

¿Y qué nos cuentan estos cuentos? Padre e hijo navegando por los ríos en canoa con dos remos. “¿Por qué se ha ido la abuela?” pregunta el niño Huenu. Su papá de alguna manera le responde que ella está presente siempre en todo. La naturaleza, los animales. El tiempo parece detenido, como en el pasado. O no. Le pide disculpas al cuidador de todo, endiosado con la figura de un caballo blanco. Se rompe el eje temporal. Se une el ayer y el hoy. Ellos hablan en mapuzungún, la lengua mapuche.

Aurora, la pastora vive sola, aislada en su cabaña, con sus ovejas. En medio de un amplio cerro. En su rutina prepara el café. Sale con el largo listón haciendo de bastón, para dejar salir a pastorear a sus ovejas. Que salen saltando, felices. Carga el forraje. En las noches canta una rogativa. Mientras que de fondo sonoro se escucha el vibrar del trompe. Aurora se esconde en su casa de los asistentes municipales sociales. La resistencia al desarraigo.

Un contrabajista de origen mapuche, que vive en Europa, regresa a su tierra para dar un concierto en Bariloche. Forma un cuarteto de cámara con flauta traversa, violín y cello, e interpretan a Vivaldi. Tiene alucinaciones escuchando el sonido de las lejanas trutrucas como reclamándole su origen. Durante la noche transpira con pesadillas acuáticas. Con olas que rompen en las costas de piedra. Un obvio y no menos necesario “Fuck you” al monumento de Julio A. Roca. Con su instrumento, ahora toca letanías mapuches en un dialogo sonoro recuperando el llamado de sus antepasados.

Radio Mapuche por el aire. El locutor, Juan Huichaqueo, cuenta un relato en el cual toda la flora se convirtió en mujeres. Tropa de madera. Mujeres árboles. Un eclipse que crea fantasías y se aparece una machi, anciana sabia. Historias de resistencia. La importancia del conocimiento.

Una niña, Pirén, transita abrigada entre senderos y bosques nevados. Camino a la escuela hace culopatín. La escuelita, la Virgen Misionera, tiene solamente una decena de alumnos y dos maestros. Así de simple y reducido. En clase no se siente representada por lo que le enseñan, por el idioma. Prefiere fantasear que habla en mapuzungun con el fantasma de su abuela. Guarda en su bolsita al sol, a la montaña, al cóndor, a la piedra. Y luego ya en clase los saca para dibujarlos. La niña Pirén será el resguardo que dará y germinará la herencia mapuche. Con la cabeza en alto. No todo está perdido.

Nisenson ha estructurado sus cinco cuentos de una manera muy eficaz y legible. Cinco relatos unitarios sobre la cotidianeidad mapuche que no se cruzan entre ellos, pero si confluyen en su sentido de las entrañas de su cultura, su tradición, su identidad. Y ahí coinciden y convergen el agua, el viento, el sueño, el fuego. Entre cantos, tahiles y rogativas, algunas historias crean climas fantasmagóricos, de ensoñación. Si acá todo está en todas partes y al mismo tiempo, no es con un ritmo febril, turbado, constante. Todo convive en una sabia cadencia calmada, pausada. No es necesario correr. Y como summa: la fotografía en maravilloso blanco y negro. Donde la flora, la fauna, los humanos están en igualdad. Nadie sobresale por sus colores. No hay postal turística. Hay un entorno, un medio ambiente que fluye y cohabita como auténtico ecosistema.

Se escuchan las canciones en mapuzungún con la fresca y afinada voz de Anahí Rayen Mariluan, autora de la banda sonora y también a las cantoras y actrices mapuches, con el canto profundo y de un vibrato de alta amplitud de Beatriz Pichi Malén y las rogativas entrañables en el decir de Luisa Calcumil. Y también bailan por los aires los sonidos de sus típicos instrumentos: el tambor kultrún, la cascahuilla (cascabeles), los aerófonos como el kull kull, el ñolkin y la clásica trutruca. Sin olvidar el incomparable sonido vibratorio del trompe. Cinco historias rodadas en plena Patagonia: Parque Nacional y Lago Nahuel Huapi, Bariloche y Cerro Challhuaco, en la Provincia de Río Negro y en el Bosque de Pehuenes, Aluminé, y el Parque Nacional Lanín, en la Provincia del  Neuquén.

Como dijo una abuela mapuche una vez: «En nuestro corazón hay un laguito cristalino, un espejito, en donde siempre debemos vernos reflejados”.

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